Amor, tierra y política

Casi al final de la película Adaptation, Charlie, el protagonista, cree que está a punto de morir junto a su hermano gemelo Donald. En medio del pánico, Charlie se desborda y le pregunta a su hermano por una situación de muchos años atrás. «Estábamos en el colegio», le dice, «y tú estabas coqueteando con Sarah Marsh, ella también parecía ser linda contigo, pero una vez te alejaste, comenzó a burlarse de ti con su amiga y tú no te diste cuenta, estabas tan feliz». Contrario a lo que Charlie esperaba, Donald no se sorprende para nada: «sabía que se burlaban, las escuché al voltearme». Charlie confundido insiste en preguntarle por qué estaba tan feliz mientras se sabía humillado. Donald responde lo que para mí es una de las líneas de guion más bellas jamás escritas: «Yo amaba a Sarah, Charles. Era mío, ese amor. Me pertenecía. Ni siquiera Sarah tenía el derecho de quitármelo. Puedo amar a quién sea que quiera amar». «Pero ella creía que eras patético», le dice Charlie, pero Donald no se inmuta: «Ese es su problema, no el mío. Tú eres lo que amas y no lo que te ama. Eso es algo que decidí hace mucho tiempo».

En un diálogo que no dura ni una página, Kaufman propone una mirada a los afectos y al amor que, si le prestamos la suficiente atención, desarma y cuestiona las lógicas que hoy le hemos impuesto. El amor no inunda tanto la vida de la persona que lo despierta como de quien lo siente. Con el odio, estoy segura, sucede exactamente lo mismo.

Hace poco terminamos un grupo de estudio en el que nos dedicamos, durante tres semanas, a leer sobre el amor. Leímos a Platón, a Safo, a bell hooks, entre otros autores, y nos preguntamos por la necesidad de hablar sobre el amor con seriedad y rigor, entendiéndolo como una ficha clave que constituye el tejido social que nos sostiene. En estas sesiones de estudio alcancé a fantasear con una política basada en el amor, con una campaña que en lugar de buscar la destrucción del otro se proponga construir comunidad, reconocer las virtudes de la diferencia y apalancarse en la certeza de que la diversidad es necesaria para que cualquier ecosistema sobreviva.

El humano es un ser político y social, pero a veces parecería que esto es en realidad una dicotomía, porque al intentar ejercer como el primero se olvida por completo del segundo. Una de las diferencias entre una democracia y una dictadura es el reconocimiento de la otredad, la confrontación incómoda de saber que mi verdad no es unívoca ni absoluta y la capacidad de darle un lugar a algo que no comparto y que a lo mejor no entiendo, pero que no por eso es menos real. Descender del pedestal de la razón única es un camino que no se puede recorrer sin aporrearse un poco, tal vez de eso se trata aprender a vivir en colectivo.

La palabra ‘humildad’ viene del latín humilitas que viene a su vez de la palabra humus, que significa ‘tierra’. ‘Humildad’ y ‘humano’ comparten esta raíz. Me gusta pensar que la humildad y la humanidad están hechas de algo simple y mundano. La tierra como símbolo de lo de la renovación, de lo orgánico, de la vida, de la muerte, de lo oscuro y de lo fértil.

Pienso en el asombro de un bebé cuando agarra tierra con sus manos por primera vez,

pienso en el placer infantil de salir a jugar y ensuciarse en el pasto enlodazado,

pienso en la siembra, en las manos llenas de tierra después de darle lugar a una semilla.

Las imágenes que recorren mi cabeza con esta palabra son suaves, casi ingenuas. Sé que esto no es así para todo el mundo.

Digo ‘tierra’ y cada persona le dará play a una película distinta. Mi ‘tierra’ no es igual a su ‘tierra’. Es así de sencillo y así de complejo.

Nuestra raíz en el sustrato es un recuerdo vivo de que somos animales extraviados en el lenguaje… y en los sistemas políticos.

En mi fantasía de la política del amor, imaginé entonces una conversación en la que nadie intenta convencer a nadie de que piense distinto, sino que más bien hace un esfuerzo por ver el mundo desde la tierra que pisa el otro, la otra, y aunque no le guste, aunque no la comparta, logra abandonar su propio terreno para reconocer que entre tantos metros de tierra es difícil, e indeseable, que el siguiente sea exactamente igual que el anterior.

Entre los textos que leímos en el grupo de estudio está uno de bell hooks: Amor: Estado de gracia. En él, la autora señala precisamente esta pérdida de seriedad y de atención en la que han caído los debates sobre el amor. Y la incomodidad y el rechazo que identificó en su público cuando intentó abordar este tema. La proliferación de textos, películas, canciones y, más recientemente, publicaciones en redes sociales ―como esta― en lugar de iluminar este tópico han terminado por diluirlo. Ante la imposibilidad de lograr un consenso internacional del amor, hemos relegado este tema a la zona gris que habita entre lo banal y lo fundamental, y del que ya se ocuparán otras, mientras nos dedicamos a pensar en lo importante: plata, política y mercadeo.

Creo que la violencia en Colombia y las lógicas políticas en las que habitamos no son ajenas a este abandono del debate sobre el amor. Volvemos a la vieja conclusión de que el odio se sostiene con mayor facilidad que el afecto porque no demanda un esfuerzo práctico ni racional, como sí lo hace la decisión de amar. Porque el amor es frágil, hay que cuidarlo e implica un esfuerzo; nos exige estar abiertos, de manera casi permanente, al diálogo. Un diálogo que este dispuesto a la incomodidad, al perdón, a la vulnerabilidad y al discernimiento. Recuerdo el viejo chiste de los abuelos a los que les preguntan por el éxito de su matrimonio y el anciano responde que solo se trata de darle siempre a la razón a su esposa. Nos reímos, pero hay algo de verdad en medio de la exageración: el amor sabe ceder y reconocer que, como humanos, como seres terrosos, estamos siempre proclives al error. Pero ahora no queremos ocupar esta característica, queremos tener la certeza irrebatible de que nuestra verdad es la única y encontramos que una solución fácil es romper los vínculos que nos cuestionan, que nos muestran otras perspectivas posibles. Poco a poco, sin darnos cuenta, estamos cercados por una comunidad homogénea y escasamente diversa, condescendiente con la realidad que queremos dar por absoluta. Construimos un pequeño reino y, de repente, todo lo que escape de sus normas está condenado al olvido. O al castigo. Aplicamos el algoritmo a la vida.

Los problemas del afecto y los problemas de Colombia comparten una misma raíz: la prelación del individualismo, la pérdida del diálogo y la incapacidad de la autocrítica.

Colombia es un país polarizado no solo porque existan diferencias políticas, sino porque vemos en ellas un riesgo, un enemigo, un parásito. Estamos tan concentrados en arar nuestro metro cuadrado, que no nos damos cuenta de que el del lado se hunde. El lugar del cuidado se erosiona ante una satanización atemorizante de los seres que han sostenido nuestra cotidianidad. Todo para izar unas banderas de alguien que, aunque lo creamos, no conocemos.

Entonces no se trata de que amemos a los políticos y a todo el mundo solo porque es más bonito y nos hace mejores personas, pero tal vez es necesario reordenar las jerarquías de lo importante, habitar la incomodidad de mirar por encima de las paredes que nos encierran y reconciliarnos con la posibilidad de estar equivocados.

Ojalá, así como Donald en Adaptation, amáramos lo que vale la pena amar y recalibráramos antes de decidir odiar cualquier cosa porque eso también hace parte del inventario de nuestra identidad. Tal vez, si preguntáramos desde la curiosidad genuina de Charlie, sabríamos que lo que hemos juzgado con tanta severidad es en realidad otra cara del dado que nos cuesta trabajo ver.