¿Qué es la Noósfera? - por Esteban Ramos
¿Como empezar por el principio?
En un esfuerzo por empezar esta idea de forma "correcta": por el principio de todo. Me encuentro en la difícil posición de tener que explicar lo más complejo de nuestra existencia, de la forma más clara posible. Sin nervios, dijo el antioqueño.
Para empezar, siento que debo intentar explicar el suceder del existir. Sino, ¿por donde más empieza uno? Me refiero a la percepción funcional de una división ilusoria creada por el cerebro para garantizar nuestra supervivencia, donde reside la conexión fundamental entre los procesos físicos que existen y la experiencia consciente que sucede.
Primero hay que dejar algo claro: la mente no es una "cosa" fuera del universo que "flota" sobre las neuronas sin hacer parte de ellas, la mente es un producto físico emergente de la materia del cerebro, pero posee propiedades informáticas nuevas que la materia cualquiera no posee. La clave está en la información. La conciencia o "experiencia subjetiva" dentro de la mente, es la actividad misma de integración informática en "tiempo real". En otras palabras: algo como una simulación.
Aunque esta idea de "simulación" nos sirve para pensar de forma simple, no nos da mucha intuición sobre la naturaleza dual de la realidad. Sirve más pensar la consciencia como un evento mediante el cual el cerebro unifica la permanencia de sí mismo con el flujo cambiante del universo, a través de un "acoplamiento estructural". Este concepto bisagra entre lo que sucede dentro de un organismo y lo que sucede entre organismos, explica la separación entre sujeto y objeto como mecanismo de interfaz que el cerebro optimizó para interactuar mejor con su entorno para su acoplamiento estructural.
Para referirse a esto, la neurociencia actual habla de una teoría relativista de la consciencia, dónde se intenta sintetizar todo esto en una palabra: monismo emergentista de doble sentido. Yo prefiero llamarlo monismo emergente de doble filo — porque, como veremos más adelante, ese mismo mecanismo que nos permite existir como sujetos individuales es, a otras escalas, el que puede ponernos en riesgo como especie. Esto viene de una tradición cercana a las ideas de Spinoza, Leibniz, Schopenhauer, Fechner y Nagel; finalmente formalizadas por Chalmers como el "principio del doble aspecto". En forma de eslogan de Chalmers: "la experiencia es información vista desde adentro; la física es información vista desde afuera".
Si entendimos bien lo primero, obtendremos una lente muy poderoza para observar nuestra propia naturaleza. Bajo esta óptica, la idea de un sistema de referencia cognitivo omnipresente —la posición filosófica de que existe un "God's eye view", o como diría un antioqueño, "la voluntad de mi Dios"— simplemente no existe. Este es un buen ejemplo de un malentendido filosófico recurrente: la ilusión persistente de que la consciencia (no solo humana) puede percibir la realidad tal como es —la cosa en sí misma— y explicar por completo su propia experiencia dentro de ella. Ni la realidad, ni el conocimiento contenido en ella, son accesibles para nosotros como objetos externos que capturamos, sino que son sistemas internos que generamos, sumergidos en un mundo informacional. Esto significa algo negativo y positivo para la filosofía de la ciencia: no podremos responder la mayoría de preguntas interesantes sobre la realidad, pero definitivamente si podremos entender nuestra propia experiencia con y en ella.
Estoy diciendo tres cosas en este texto: hay que entender el "cómo" entendemos (dualidad primigenia del suceder del existir), lo que sí y no podemos entender completamente (nuestra experiencia y la realidad objetiva, respectivamente) y que implicaciones tiene lo que sí podemos entender (las leyes físicas, el origen de la vida y la consciencia, la supervivencia socio-ecológica y otros problemas que nos acosan la existencia).
El doble filo de lo colectivo
Cuando millones de interfaces individuales —cada una ciega a la realidad en sí misma, cada una optimizada solo para sobrevivir en su propio borde— empiezan a acoplarse entre sí, no obtenemos una suma de perspectivas parciales que finalmente revela el todo. Obtenemos otra interfaz, de un orden superior, con sus propios puntos ciegos. Teilhard de Chardin y Vernadsky ya intuían esto con la palabra noósfera: una capa pensante que envuelve al planeta tal como la biósfera envuelve a la geósfera. Lo que ellos no podían anticipar del todo es que esa capa pensante heredaría, sin remedio, la misma limitación epistémica de sus componentes: sigue siendo un modelo, no la cosa misma. Solo que ahora el modelo se llama ciencia, mercado, ideología, algoritmo, cultura.
Aquí está el filo doble en su forma más peligrosa. El acoplamiento estructural que le permitió a un organismo sobrevivir en su nicho, replicado a escala civilizatoria, no garantiza la supervivencia del sistema completo — la garantiza localmente, para el subsistema que la genera, casi siempre a costa de otro. Una corporación optimiza su interfaz de supervivencia (rentabilidad) ignorando la biósfera que la sostiene; una nación optimiza la suya (seguridad, crecimiento) ignorando el clima planetario que comparte con las demás. No es maldad ni estupidez: es el mismo mecanismo cognitivo que discutimos al principio, funcionando exactamente como fue "diseñado" por la evolución, pero corriendo ahora sobre un sustrato —el planetario— para el que nunca fue calibrado.
Y sin embargo, ahí mismo está la salida, si la hay. Porque si el problema es estructural y no moral, la solución tampoco puede ser un llamado a "ser mejores personas", sino un rediseño de la interfaz misma: mecanismos de retroalimentación que hagan visible, a escala humana, lo que hoy es invisible por diseño evolutivo —el costo planetario de cada optimización local—. La inteligencia artificial, la ciencia de sistemas, la gobernanza global: no son más que intentos, torpes todavía, de construirle a la noosfera un sistema nervioso capaz de sentir su propio cuerpo entero, no solo la mano que se quema.
Volver al principio
Si algo hemos ganado con este recorrido —del suceder del existir individual hasta la noosfera planetaria— no es una respuesta a qué es la realidad. Esa pregunta, dijimos desde el principio, no nos corresponde. Lo que ganamos es una respuesta parcial a una pregunta más honesta: qué clase de sistema somos, y qué implicaciones tiene serlo. No hay God's eye view, ni individual ni colectivo. No hay comité de sabios, ni algoritmo, ni especie que pueda pararse por fuera del universo a juzgarlo desde afuera. Solo hay interfaces, acopladas unas a otras en capas cada vez más amplias, cada una ciega a su manera, cada una intentando, con la información que tiene, no equivocarse demasiado.
Empezar por el principio, entonces, no era encontrar un punto fijo desde donde explicarlo todo. Era entender que no existe tal punto — y que esa ausencia, lejos de ser una derrota, es la única base honesta desde la cual una especie que comparte planeta con otras siete mil millones de interfaces puede intentar, por fin, coordinarse para sobrevivir.